Desde la ventana del hotel en Aleppo solo se ven parabólicas, torres de mezquitas y una espesa nube que cubre toda la ciudad. Ballard pensaba en un hotel como este -donde puedes ver al Nuevo Karate Kid en pantalla grande, conectarte a Internet en una sala de prensa sin prensa y espiar a mujeres que enseñan los hombros y las pestañas pero no el cabello- para proponerle al aventurero situaciones marcianas y retrofuturistas. El postre -cualquier postre- es, hasta el momento, mi comida favorita en Siria. Y me sorprenden ellos, claro. La forma en la que te hablan. La manera de mirar, entre divertida y extrañada. Los hombres son los que fuman en las habitaciones de este hotel. Nicotina en las paredes y espíritu ochentero en lámparas y sanitarios. Advertencia: el Gobierno asegura que ningún sirio es gay.
Los rezos y el amanecer me sacan, poco a poco, de este sueño de minibar vacío e interruptores sin corriente. Recuerdo que cené dos veces en dos aviones diferentes, corrí por el aeropuerto de Estambul para no perder el enlace al grito de “Aleppo, this way” y caí rendida después de que una oración televisada interrumpiera a una Novia Cadáver que cantaba en inglés con subtítulos en árabe. He podido contarlo porque un señor extremadamente amable me ha configurado el ordenador. Y, no pregunteis porqué pero, estando aquí me acuerdo de El Quinto Elemento y no de Lawrence de Arabia. Debe ser el ruido, la musica, el color. Y sentirme extranjera en tierra extraña. Mañana iremos de bazares y no sé regatear. El tiempo es cálido. Ellas van a la moda -pañuelo, camiseta y vaqueros- ¿Y los pies? Maquillados y desnudos. Como los de todas. Bendita programación de género.