Reinohueco

Pedacitos esparcidos por la Red, recogidos por La pequeña Delirio
Peter: Las chicas son demasiado listas para matarse. (J.M. Barrie).

Peter: Las chicas son demasiado listas para matarse. (J.M. Barrie).

"Mi desgracia es tener necesidad de caricias" Celine.

"Mi desgracia es tener necesidad de caricias" Celine.

(Source: sesiondemadrugada)

MEN DON´T PROTECT YOU ANYMORE, por Jenny Holzer, via Tropiezo en el Trapecio

(Source: adventurecomics)

(Source: thatscienceguy, via vintagegal)

(Source: benfrostisdead, via sexopunk)

(Source: baremauler, via sexopunk)

Las amistades entre mujeres en la sociedad capitalista siempre han estado teñidas de sospecha. En Caliban y la bruja, Silvia Federici señala la Caza de Brujas como campaña coordinada contra una idea de mujer —rebelde, contestataria, vigorosa— que concibe la sociedad desde un orden horizontal, distributivo; opuesto al que tanto interesaba instaurar al nuevo orden surgido en los albores del siglo XVIII con la connivencia de una mujer que abrazó (y abraza) los principios burgueses de feminidad y domesticidad, necesarios para la articulación de lo que hoy conocemos como capitalismo heteropatriarcal.
Principios que legitiman una competición virulenta y una hipocresía sistémicas, certeramente recogidas en los dos únicos relatos en los que Hernán Migoya le cede la voz protagonista a un personaje asignado mujer: Un día de mierda y Spice up your life. Este darle voz a las que sacan partido del rol asumido femenino, es también una invitación a la honestidad intolerable; a llamar las cosas por su nombre: «Asumida mi condición y naturaleza, hice lo que había hecho todos estos años en un plano figurativo. Me revolqué en la mierda. Ahora, por fin, lo hacía de verdad. Y me gustaba». Las sumisas han de celebrar el sistema, sin tapujos. Sin complejos.
Aquellas calificadas por Migoya en sus cuentos como “putas” no son en definitiva más que las gestoras uterinas de ayer y de hoy, producto de esos principios burgueses a los que aludíamos en el párrafo anterior. Por ello, Silvia Federici considera clave la supervivencia de la prostituta, la de verdad, para entender la muerte entonces de la bruja y su resurrección hoy. Recuperar el arquetipo de la bruja, y su esencia inspiradora, es importante. Las osadas y aguerridas que han despertado al calor de la crisis están dispuestas a luchar por sí mismas, y por otras mujeres, pues han aprendido que los problemas no son solo suyos. Ahora queda que el resto de la sociedad comprenda que la revolución será feminista o no será, tal y como se lee en las pancartas de medio mundo.
Las brujas del nuevo milenio son las artistas, las filósofas, las escritoras, las dibujantes, todas ellas empoderadas y rabiosas; dispuestas, tal y como sugirieron desde la Conspiración Terrorista Internacional de las Mujeres del Infierno (W.I.T.C.H.), «a romper el concepto de mujer como criatura biológica y sexualmente definida». Dispuestas a destruir «el fetichismo de la pasividad, el consumismo y la mercancía». Esta antología es buena muestra de ello.

Elisa McCausland
Fragmento del epílogo para TODAS PUTAS, los cuentos gráficos. 

Las amistades entre mujeres en la sociedad capitalista siempre han estado teñidas de sospecha. En Caliban y la bruja, Silvia Federici señala la Caza de Brujas como campaña coordinada contra una idea de mujer —rebelde, contestataria, vigorosa— que concibe la sociedad desde un orden horizontal, distributivo; opuesto al que tanto interesaba instaurar al nuevo orden surgido en los albores del siglo XVIII con la connivencia de una mujer que abrazó (y abraza) los principios burgueses de feminidad y domesticidad, necesarios para la articulación de lo que hoy conocemos como capitalismo heteropatriarcal.

Principios que legitiman una competición virulenta y una hipocresía sistémicas, certeramente recogidas en los dos únicos relatos en los que Hernán Migoya le cede la voz protagonista a un personaje asignado mujer: Un día de mierda y Spice up your life. Este darle voz a las que sacan partido del rol asumido femenino, es también una invitación a la honestidad intolerable; a llamar las cosas por su nombre: «Asumida mi condición y naturaleza, hice lo que había hecho todos estos años en un plano figurativo. Me revolqué en la mierda. Ahora, por fin, lo hacía de verdad. Y me gustaba». Las sumisas han de celebrar el sistema, sin tapujos. Sin complejos.

Aquellas calificadas por Migoya en sus cuentos como “putas” no son en definitiva más que las gestoras uterinas de ayer y de hoy, producto de esos principios burgueses a los que aludíamos en el párrafo anterior. Por ello, Silvia Federici considera clave la supervivencia de la prostituta, la de verdad, para entender la muerte entonces de la bruja y su resurrección hoy. Recuperar el arquetipo de la bruja, y su esencia inspiradora, es importante. Las osadas y aguerridas que han despertado al calor de la crisis están dispuestas a luchar por sí mismas, y por otras mujeres, pues han aprendido que los problemas no son solo suyos. Ahora queda que el resto de la sociedad comprenda que la revolución será feminista o no será, tal y como se lee en las pancartas de medio mundo.

Las brujas del nuevo milenio son las artistas, las filósofas, las escritoras, las dibujantes, todas ellas empoderadas y rabiosas; dispuestas, tal y como sugirieron desde la Conspiración Terrorista Internacional de las Mujeres del Infierno (W.I.T.C.H.), «a romper el concepto de mujer como criatura biológica y sexualmente definida». Dispuestas a destruir «el fetichismo de la pasividad, el consumismo y la mercancía». Esta antología es buena muestra de ello.



Elisa McCausland

Fragmento del epílogo para TODAS PUTAS, los cuentos gráficos. 

Glory (Joe Keatinge / Ross Campbell)